Quien iba a pensar que la velocidad de las cosas es la decisiva
en todo momento, es la velocidad la que va marcando las pautas de las
situaciones, de las cosas que nos rodean y suceden a diario. Es la velocidad de
la bala la que termina dictando la mortalidad de la misma, la velocidad de los
puños, del auto, del tren, incluso del latir del corazón; el no vivir en la
velocidad adecuada puede ser mortal, incluso puede distorsionar la percepción de
la vida.
Al igual que el tocadiscos que va girando constante en su
velocidad default, nosotros debemos saber qué velocidad es la que necesitamos y
en qué momento, no es lo mismo vivir a 33 rpm: ver el trafico interminable, las
filas en el banco, el bus lleno y la gente infinita sobre las aceras del centro
de la ciudad; que vivir a 45 rpm: la gente como un blur eterno, escuchando el
ritmo adecuado de las situaciones, viendo algunos colores con el brillo
adecuado y sentir que simplemente todo encaja perfecto.
Es la velocidad – de cierta manera- la que nos va
consumiendo, la que nos va dando la mortalidad justa y necesaria para que
cuando llegue el momento nadie tenga nada que decir, la velocidad no empuja a
sentir que todo se dijo en el momento adecuado con el tono correcto.
Puede que a veces, tenga la sensación de percibirte en la
velocidad no adecuada, como difusa y con las palabras de golpe, pero podemos
ser un disco eterno, girando para siempre, hasta sincronizarnos con la tierra y
ver como todo va embonando de manera perfecta.
Así que la próxima vez que pienses que todo ha terminado, es
simplemente nuestra canción volviendo a
comenzar.
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